Esta es la historia de dos personas cualquiera. A ella la llamaremos Margaret y a él Bob.
Su historia no es diferente a la de muchas parejas. Se conocieron, salieron juntos, se enamoraron. Pelearon y se separaron. Sus vidas se complicaron pero al final estuvieron juntos. Ella ya había aceptado, desde antes de aquella vez que se separaron y que pareciera que nunca estarían juntos, casarse con él. Bob estaba radiante en el altar esperando a quien sería su esposa y ella se veía preciosa con su largo vestido blanco caminando del brazo de su padre.
Pero ambos tenían una duda. Ambos tenían miedo de que su matrimonio no sea para siempre. De que volvieran a pelear y a separarse. Tenían miedo de ser una cifra más en una estadística. Ninguno de los dos dijo nada y se casaron, rogándole a Dios que les de una señal de que todo saldría bien.
En la recepción los familiares de los novios empezaron a felicitarlos. Ninguno de los dos conocía a toda la familia de su pareja, por lo que saludaban y agradecían los buenos deseos que les daban todos los invitados.
De repente apareció una señora bastante mayor, que caminaba con dificultad, y que se acerco a ellos llamándolos por sus respectivos nombres y les dijo:
Ustedes han decidido unir sus vidas no por obligación, sino por amor. No es una empresa fácil la que están emprendiendo, pero tampoco es algo imposible. Tendrán momentos buenos y momentos malos. Tendrán alegrías y tristezas, pero les puedo asegurar que lo que sienten es más fuerte que eso. No se rindan.
Bob, protégela, cuídala y mímala. Recuerda que es una rosa que necesita ser cuidada diariamente, alimentada por los detalles y las atenciones. Recuerda que tienes una compañera de viaje, no una empleada a tiempo completo.
Margaret, cuida a este hombre. Respétalo, cuídalo, hazle saber que cuenta con una persona a su lado para toda la vida.
Sean felices, y cuando peleen, mírense a los ojos mientras se toman de las manos y vean en el rostro del otro que no hay distancias infranqueables si se respetan y aman cada día. Yo se los garantizo, con la gracia de Dios y la experiencia de todos los años que tengo.
Dicho esto los besó a cada uno en la frente y se marchó.
La fiesta terminó y de camino al aeropuerto, Margaret le preguntó a su ahora esposo – ¿Cuánto tiempo estuvo casada tu tía?- a lo cual Bob respondió – ¿Mi tía? Yo pensé que era familia tuya.
Ambos se miraron sin decir nada más, y comprendieron que Dios les había dado la señal que tanto deseaban.
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